
Como en casi todas las culturas, pronto la clase social se reflejó en el color y la textura de la piel, más oscura y curtida en las clases trabajadoras (campesinas) y más delicada y clara en las clases aristocráticas y burguesas de los guerreros y comerciantes. Godos, moros y judíos –aunque constituían tres grandes grupos políticos y religiosos-, tenían cada uno sus clases sociales. En el medioevo, la antigua provincia romana de Hispania, fue un conjunto de diversos reinos y señoríos feudales. Hubo intercambios matrimoniales sobre todo en los estamentos aristocráticos, y las “conversiones” religiosas de un lado a otro se daban a título de conveniencia (la conversión de uno de los cónyuges, previa al matrimonio sí que era requisito sine qua non). En ese sentido, la “limpieza de sangre”, no era aún un tema de auténtico interés para nadie, ni siquiera para la Iglesia que -aun a despecho de sus reglas-, traficó también, relativamente, a su conveniencia, y ora prohibió, ora permitió; pero sí que lo fue, de una manera desmesurada, para la España absolutista y nacionalista desde el siglo XV, con Isabel y Fernando. Américo Castro –de quien hablaremos más adelante-, sale de la dinámica simplista de víctimas y victimarios, y muestra cómo el sentimiento de hidalguía era común a cristianos y judíos hasta el siglo XV, señala que la presión del establecimiento político de Isabel y Fernando, hizo “convertirse” al cristianismo a muchísimos judíos –sobre todo a los ya adinerados y socialmente encumbrados, por ejemplo, a muchos rabinos que luego llegaron a ser obispos y cardenales--, a fin de conservar su status económico y social.
Américo Castro
“…Hay una profecía en los Salmos (los cuales igualmente leen ellos), donde dice: “La misericordia de mi Dios me dispondrá, mi Dios me la manifestará en mis enemigos; no los mates ni acabes, para que no olviden tu ley; derrámalos y espárcelos en tu virtud” (1). Mostró, pues, Dios a la Iglesia en sus enemigos, los judíos, la gracia de su misericordia; pues como declara el Apóstol (2): “La caída de ellos fue ocasión que proporcionó la salvación de las naciones”. Y por eso no los acabó de matar, esto es, no destruyó en ellos lo que tienen de judíos, aunque quedaron sojuzgados y oprimidos por los romanos, para que no olvidasen la ley de Dios y pudiesen servir para el testimonio de que tratamos. Por lo mismo fue poco decir “no los mates, porque no olviden en algún tiempo tu Ley”, si no añadiera también, “derrámalos y espárcelos”, puesto que, si con el irrefragable testimonio que tienen en sus Escrituras, se encerraran solamente en el rincón de su tierra, y no se hallaran en todas partes del mundo; sin duda la Iglesia –que está en todas ellas-, no pudiera tenerlos entre todas las gentes y naciones, como testigos de las profecías que hay de Cristo.”
(1) Salmo 58: 11 y ss.
(2) Romanos 11: 11
(San Agustín: La Ciudad de Dios Libro 18: Cap. 46)

















