

Aquí entre anglicanos… :
, la elección de Gene Robinson para la Diócesis de New Hampshire, como el primer obispo (anglicano) abiertamente homosexual:"...elección -innecesariamente impuesta- como obispo en los Estados Unidos de un párroco homosexual declarado; elección que se hizo arrostrando la división de la propia diócesis y de la comunidad anglicana entera. ..."
Aspecto de la consagración de Gene Robinson, su consecrante principal fue el Obispo Primado de la Iglesia Episcopal, Frank Griswold. (Foto: Episcopal News Service).
Pero hay más: Küng me contestó claramente hace cosa de dieciséis años, que para él la cuestión a resolver con los anglicanos, era simplemente el reconocer las órdenes y la organización jerárquica de la Iglesia de Inglaterra; yo le señalaba que ni “los anglicanos” son exclusivamente la Iglesia de Inglaterra, ni el diálogo Anglicano-Romano deja de pasar por las dificultades del trato con la diversidad teológica y social también de Canadá, Australia y los Estados Unidos (por una parte), y las Iglesias de África y el Sureste Asiático (por otra).
El Profr. Küng critica al Papa por querer reforzar su estructura de “Imperio Romano”, y acierta, creo yo; y quisiera –en lugar de ello-, proponer una “Commonwealth Católica”. Eso, en los 60s y 70s, sonaba simpático para los anglicanos educados por historiadores como Stephen Neil en la idea de que la Comunión Anglicana es a la religión lo que la Comunidad Británica es a la política… ¡Pero justo ese modelo –tan imperial como el romano, sólo que a su modo-, está haciendo crisis ahora mismo! El Anglicanismo ni es ya un fenómeno esencialmente británico, ni anglófono, ni debe reducirse a cuestiones de política (mucho menos de politiquería).
Una Comunión en Cristo no puede depender tan sólo de modelos políticos, tiene que depender –siquiera un poco más-, de buena fe, amor, respeto y tolerancia, y eso es lo que los anglicanos luchamos por cultivar y madurar… y el “amigo” Küng nos critica por “discrepar” entre nosotros. Pasa –opino-, que su concepto de comunión se confunde con el de “confesión”…, y muy a su pesar, depende de su concepto de Iglesia, que sigue siendo esencialmente romano… ¡Los anglicanos NO constituimos una confesión, por el amor de Dios!, ¡somos una co-mu-ni-ón!, y nuestra propuesta es que para vivir en comunión no precisamos de estar total y uniformemente de acuerdo en todo.
Dice Küng:
“…las discrepancias entre los propios dirigentes de la Iglesia respecto a las parejas homosexuales: algunos anglicanos aceptarían que sus uniones se registraran civilmente con amplias consecuencias jurídicas (en lo tocante a la herencia, por ejemplo) y con una eventual bendición eclesiástica, pero no un "matrimonio" (reservado desde hace milenios a la unión de hombre y mujer) con derecho a la adopción y con consecuencias imprevisibles para los niños.”
Pienso yo que habríamos de darnos una vuelta por la Diócesis de California, cuya sede es la ciudad de San Francisco, y conocer las historias de vida de parejas homosexuales que han experimentado la unión civil y la adopción de hijos, no sólo con las “consecuencias nefastas” que Küng prevé, sino con otras muy distintas, mi fuente es la Maestra y Educadora Tonantzin Martínez-Borgfeldt, quien –oriunda de la Diócesis de México-, es feligresa, junto con sus hijas y esposo, de la Diócesis de California, y conoce el caso más de cerca. No se trata de aceptar nada a priori, ni de obligarse a cambiar de opinión, sino de atreverse a conocer primero lo que se desea juzgar.
Cuando Küng habla de una “eventual bendición eclesiástica” que algunas parroquias y aún menos diócesis han permitido para parejas homosexuales, demuestra su desconocimiento del Anglicanismo por dentro, y –además, su ignorancia del racional litúrgico de nuestro rito de Bendición de Matrimonio Civil (Libro de Oración Común de 1979), que, por supuesto, NO autoriza aún las bendiciones para uniones del mismo sexo, pero con base en el cual han trabajado los clérigos que se han visto ante esa necesidad pastoral.
Las flaquezas y ambigüedades que tanto se nos critican a los anglicanos, y que aceptamos con humildad, son, por otra parte (y de esto tampoco se percata Küng), los signos de nuestra capacidad de adaptación al cambio y de nuestro intento serio (y bastante fructífero) por entender y evangelizar a la sociedad secular. Por cierto, nuestros críticos se llenan la boca hablando de “cientos de miles” de anglicanos que se van, pero jamás han visitado las muchas vibrantes congregaciones en el mundo donde hay clero femenino, buena asistencia dominical, respeto para las parejas heterosexuales u homosexuales, una catequesis organizada y actividades sociales continuas en comunidades muy trabajadoras.
Pasa, con eso, algo parecido a lo que dijo recientemente -refiriéndose a la migración de clérigos y laicos católicos romanos hacia el Anglicanismo- el Obispo Carlos López-Lozano de España: no andamos por allí publicándolo…, sencillamente porque los anglicanos hacemos misión diciendo: “Ven y ve…” y no: ‘¡Aquí está la plenitud de la verdad!’ .
III PARTE: Una manera de plantearse los problemas.-
complejidad y simplificación.
La posición de Küng no cambia nada en el discurso ecuménico romano-anglicano sobre la autoridad, que emerge en el artículo recién publicado:
Una “recuperación de la comunión eclesiástica entre la Iglesia Católica y la Iglesia Anglicana sería posible”, escribía yo, cuando “por un lado, se conceda a la Iglesia de Inglaterra la garantía de poder conservar plenamente su actual orden eclesiástico autóctono y autónomo bajo el Primado de Canterbury”, y “por otro lado, la Iglesia de Inglaterra reconozca un primado pastoral del ministerio de Pedro como instancia suprema para la mediación y el arbitraje entre las Iglesias”. “Así, el imperio romano”, según mi esperanza de entonces, “se convertiría en una Commonwealth católica”.
Küng no es ignorante ni tonto (¡qué va!), pero su visión panorámica –“paradigmática”, como a él le gusta enfatizar y estructurar-, a veces parece reducir el ecumenismo a un armisticio para la repartición del poder y es sumamente simplificadora y de conjuntos amplios, pero cerrados, como su propuesta del “Diálogo a tres bandas: Cristianismo-Judaísmo-Islam”, y ve las cosas aferradamente desde su “Positio Aeuropaea”.
Por lo tanto, el Profr. Küng –me parece, y pese a su también buena intención-, no quiere o no puede (por alguna causa) plantearse los problemas ecuménicos –no digo “complicándolos”, sino asumiéndolos como el entramado de complejidad que son, y dejando el “ecumenismo de cúpula” y el “ecumenismo teológico” sólo como una pequeña parte del Gran Ecumenismo, que adolece de la parte más importante, que es la social y testimonial.
Así, si el Arzobispo Rowan "no ha estado a la altura de la diplomacia vaticana", Hans Küng parece no descender de la cúpula para estar a la altura de un ecumenismo con un compromiso de base, como otros teólogos católicos romanos sí han hecho.
Las jerarquías clericales han demostrado por la vía negativa, que las diferencias dogmáticas de antaño son mínimas, pretextuales e importan poco; si no, ¿por qué entonces las alianzas entre los conservadurismos ortodoxos y católicos romanos, y las facilidades y privilegios de Roma para con anglicanos conservadores?
Esto, el pueblo y el grueso de los clérigos parroquiales lo saben o lo intuyen bien cuando –al margen de disputas de cúpula política o teológica-, cooperan y se ayudan en la pastoral con migrantes, en la cura de almas, en la pastoral sanitaria en hospitales, en plantar cara como bloque unido ante la delincuencia organizada, y otras muchas actitudes y empresas éticas más fructíferas que el chisme interdenominacional, las complicaciones teológicas, la intriga política, o el coqueteo frívolo y venal con políticos corruptos.
Finalmente, me parece que Küng se ha conformado con hablar con anglicanos europeos, y trata de ser vocero de un mundo demasiado amplio y plural, aún para su amplio criterio de los años 60s y 70s. Señala como consecuencia de las acciones del Papa Ratzinger:
“Inseguridad generalizada entre los fieles anglicanos: la migración de sacerdotes anglicanos y la reordenación en la Iglesia Católica Romana que se les ha ofrecido plantea a muchos fieles (y pastores) anglicanos la crucial pregunta: ¿es válida en general la consagración de los sacerdotes anglicanos? ¿Deberían los fieles, con su párroco, pasarse también a la Iglesia Católica? ¿Qué ocurre con los edificios eclesiásticos, los salarios de los pastores, etcétera?”
¿A quién le plantea esta pregunta? ¿a los anglicanos que se van, o a nosotros que nos quedamos y que sí confiamos en la eficacia de nuestras órdenes, y que no nos planteamos ningún éxodo de una Iglesia en la que nos sentimos en casa, pese a nuestras humanas flaquezas ambigüedades y eventuales desencuentros? ¿Cuál “inseguridad generalizada”?, ¿en dónde?, ¿en qué siglo vive este hombre? …nomás eso faltaba: ¿en qué concepto de inmadurez nos tiene a clérigos y laicos que sí nos quedamos –con todo gusto-, en la Comunión Anglicana?, más aún, a los que conscientemente elegimos salir de la Iglesia Católica Romana en soberano ejercicio de nuestra libertad religiosa.
CONCLUSIÓN:
“Dura es esta palabra…”
Cuando –a principios de los años 90s-, la prensa le preguntó sobre las repercusiones de sus iniciativas en la ordenación de mujeres y de personas homosexuales en la opinión de la Iglesia Católica Romana, el Obispo anglicano John Shelby Spong –hoy emérito de la Diócesis de Newark (New Jersey) en la Iglesia Episcopal, teólogo y escritor liberal quizá tan prolífico e influyente en la Comunión Anglicana como Hans Küng en la Iglesia Católica Romana -, lanzó una declaración ciertamente dura y dolorosa: “No estoy interesado en pertenecer a un club para hombres disfrazado de Iglesia”.
Acepto que estas son palabras ásperas que ojalá nunca se repetieran, también es cierto que el Obispo Spong –evidentemente-, no siempre actuó, en sus iniciativas progresistas, con la previsión y prudencia que hubiera debido; por otra parte-, visualicemos que la Iglesia Católica Romana es algo más grande, más plural y más hermoso que sólo un “club de hombres solteros” en su centro neurálgico, y que las iglesias de la Comunión Anglicana son capaces de equilibrar la estabilidad tradicional con el avance progresista.
Entonces creo que “otro ecumenismo es posible…”, uno más flexible y menos oficioso, más del pueblo y menos de los teólogos políticos, más caritativo y menos calculador, más social y menos cupular, más místico y menos materialista, más de Cristo y menos de intereses politiqueros y de poder, más apostólico y menos clericalista, más amplio y alegre y menos estirado y frívolo que esos “shows” cada vez más vacíos de sentido (y de gente), que insisten en hacer cada año en enero.
Después de todo, a nuestro amigo Hans Küng le agradará recordar con esperanza –como lo hacemos hoy con cariño-, al amado Papa Juan XXIII, en aquellas palabras que en los días del Concilio Vaticano II dirigiera al alarmado Cardenal Ottaviani, Prefecto del Santo Oficio: “¿Qué es la tradición de hoy, si no el progreso de ayer, y qué el progreso de hoy, si no la tradición de mañana?”
El Papa Juan XXIII -en una instantánea rara vez vista-, celebrando, de pontifical , la Divina Liturgia (Eucaristía) según el rito bizantino, con el Patriarca Máximo IV Sayegh, Patriarca greco-melquita-católico.
El pescador de hombres
de arrastre romana de que en la Iglesia Católica y Romana no serán más que sacerdotes de segunda, en cuyas misas no podrán participar los católicos?
Apostolica Succesio
Además de eso…, unos creen tener una sucesión directa desde Pedro –no sólo el Papa, sino también los Patriarcas ortodoxo, melquita, maronita y siro-jacobita de Antioquía--; otros creen tenerla desde Mateo o Tomás, como los Patriarcas siro-malabar, siro-malankar y mar-tomita de la India; o desde Marcos el Evangelista, como el Patriarca Copto de Alejandría (aunque no el Patriarca de Venecia, con todo y ser Marcos su patrono diocesano); o de Andrés, como el Patriarca de Constantinopla. El Arzobispo de Canterbury se ha llamado Sucesor de San Agustín de Canterbury pero, al parecer, nunca ha jugado a reclamar la Sucesión del Apóstol San Juan; pero si se tratara sólo de hacer caso a las leyendas medievales, podría reclamarla, al fin y al cabo, es metáfora… Llevando la sabiduría del buen humor al gusto y la alegría que nos da el que las mujeres puedan ser ordenadas al Santo Ministerio, en verdad (y conservando el lenguaje metafórico), podríamos hablar de una Sucesión de María Magdalena…, aunque eso no sea exactamente lo mismo que el Episcopado Histórico del que sí se ha hablado –y muy en serio--, en las reuniones mundiales de la Comunión Anglicana. 
Creo que no necesito aclarar, que no comparto la muy antigua idea tonta, confusa, tramposa e ignorante que hace de la Magdalena una prostituta (y si así hubiese sido, tampoco habría importado, porque ella habría dejado esa vida para ayudar a formar la Iglesia y seguir a Cristo), en fin: me atengo a la critica bíblica e histórica moderna sobre ese tema, que no voy a tratar aquí.
La Sucesión Iscariotita.
Pero sin duda que hemos pretendido ignorar y olvidar otra Sucesión Apostólica que existe tan cierta y clara como el sol de mediodía -si bien, tan oscura y sórdida como un cielo sin luna: la de ¡Judas Iscariote…!, esa nadie –pero que nadie--, osa reclamarla, no se habla de ella y hasta se niega, sólo un grupo de rock, Judas Priest, nos la ha recordado con su nombre hace algunos años. Y los laicos saben muy bien que sí existe…
En realidad, la Sucesión Iscariotita no se transmite vía sacramental, aunque ha sido mezclada, a veces, mediante la simonía o el nepotismo (para vergüenza de quienes lo han hecho), ni tampoco es obra del Espíritu Santo (por supuesto que no), pero está allí siempre, esperando, acechando a que sus candidatos y sucesores la tomemos por nosotros mismos en nuestro corazón y sin necesidad de permiso de nadie… Y lo peor de todo es que sí ha tenido adeptos y sucesores.La Sucesión Iscariotita es completamente bíblica en sus fundamentos, es tradicional y es muy, pero muy racional: Escritura/Tradición/Razón, por eso engaña a quienes la toman, se parece t
anto -por falsa y usurpadora-, a la Sucesión que obra el Espíritu Santo… Es, más que nada, de carácter ético: basta para obtenerla –como dice el Evangelio de Juan-, con dejar que, como de Judas, “Satanás se apodere del corazón” ; tampoco puede sustraerse a la voluntad de Dios, porque su comisionamiento también viene de Cristo (aunque, seguramente, con lágrimas de sus divinos ojos), y dice: “Lo que has de hacer, hazlo cuanto antes…” ; su paga es en plata y amargura –que otro salario no conoce (ni merece); su ministerio se desarrolla en el chisme, la difamación, la intriga, la manipulación, el soborno, y un mal manejo de la bolsa de los dineros; su consecuencia es la muerte por mano propia, y su auto-sentencia es por traición a su Maestro, Amigo y Señor. Y aún así, el Señor da oportunidad al arrepentimiento, al perdón; aún así, Cristo bendito sigue llamándonos y preguntándonos con aparente ingenuidad, pero que en realidad es tolerancia y sabiduría: “Amigo, ¿a qué has venido…?”


Ya en su momento, el anterior Arzobispo de Canterbury -George Leonard Carey-, había reaccionado indignado ante la publicación de la Dóminus Iesus y señalaba su desconcierto ante lo que parecía un engaño al diálogo ecuménico de más de cuarenta años, y advertía que los anglicanos seguiríamos haciendo ecumenismo con quien estuviera dispuesto, ante la cerrazón de Roma.
En el documento –que adjuntamos abajo-, se menciona cuidadosamente “el reconocimiento de la sustancial identidad en fe, doctrina y espiritualidad entre la Iglesia Católica y la tradición Anglicana”; esto parece suponer que la tradición anglicana se viera reducida a asuntos de ciertas corrientes espirituales, litúrgicas y teológicas, pero ignora que una parte esencial de la tradición anglicana sean: el humanismo, la colegialidad democrática, el discernimiento de la experiencia y la razón, no sólo por parte de un magisterio episcopal, sino también –y sobre todo-, por parte de los laicos, que es lo que los anglicanos que emigran a Roma dejan atrás, y a lo que el Papa y la Curia le han faltado –eso sí: muy tradicionalmente, al respeto.