miércoles, 22 de octubre de 2008

CALENDARIO DE FIESTAS MENORES
Tomás Cranmer, Obispo
y Compañeros Mártires (+1555 / +1556).
Conocidos como Los Mártires de Oxford.
16 de Octubre.
Padre Miguel Zavala-Múgica+
Basado en datos de la hagiografía de James Kiefer.

Al morir Enrique VIII de Inglaterra, dejó a tres herederos en línea sucesoria: su hijo Eduardo y sus dos hijas María e Isabel. Eduardo –quien a fin de cuentas lo sucedió en el trono, era un convencido reformista (o al menos lo eran sus mentores).
Así, durante el reinado de Eduardo, la liturgia de la Iglesia –anteriormente en latín-, fue traducida al inglés, y formalmente creado el Libro de Oración Común –un trabajo de traducción, compilación y composición lírica, básicamente de la autoría de Cranmer.
Arriba: Vitral que representa a los Mártires de Oxford: Cranmer, Ridley y Latimer, ardiendo en la hoguera de la Inquisición. Parroquia de Christ Church, Little Rock, Arkansas. Foto: J. Williams, 17 de mayo de 2003.
A la muerte de Eduardo, ascendió al trono su hermana María –hija de Catalina de Aragón, la primera esposa (española) de Enrique VIII, y firmemente católica romana. Ella determine el retorno de Inglaterra a la sujeción a Roma y al Papa. Con un poco más de diplomacia, quizá habría logrado permanentemente su objetivo; pero fue dura y reacia a aceptar los consejos de nadie, salvo del heredero al trono de España, el que habría de ser Felipe II –a quien aceptó como esposo-, y de la Inquisición Española, que instauró en su reino.
El temor de los ingleses era grande de que Inglaterra llegara a convertirse en una provincia del Imperio Español. María insistió en que su matrimonio y la Inquisición, con sus torturas y hogueras, serían la única manera de constreñir la herejía. El hagiógrafo James Kiefer dice que Felipe II tenía una visión más prudente; pero el traslado de toda la corte española y tribunales inquisitoriales a Inglaterra, parece evidenciar lo contrario).
En el curso de sólo cinco años de gobierno, María perdió todas las posesiones inglesas en el continente europeo, así como el amor de un pueblo que al principio la apoyaba; perdió –asimismo-, toda oportunidad para una paz religiosa en su patria. En su breve gestión envió a la tortura y a la hoguera –bajo cargos de herejía y traición-, a un número de personas comparable al que su hermana y sucesora –Isabel-, envió a la horca sólo por traición, en casi cincuenta años de reinado.
Indudablemente, un Tribunal de Fe como la Inquisición –respaldado por la potencia extranjera más poderosa de aquel tiempo, y ante el cual ni siquiera los obispos y jerarcas principales de la Iglesia y la nobleza británicas podían estar seguros, tenía que infundir auténtico terror en el ciudadano común. De entre las cerca de trescientas personas quemadas bajo sus órdenes, los más famosos fueron los Mártires de Oxford, cuya memoria celebramos en el mes de octubre, el día 16.

Hugo Latimer.

Famoso predicador, ardiente reformador y Obispo de Worcester en tiempos de Enrique VIII; renunció a su sede en protesta contra la renuencia del Rey a permitir las reformas por él deseadas. Los sermones de Latimer versaban poco sobre doctrina, pues prefería un enfoque ético y moral, sobre la pureza de costumbres y la devoción en la oración.
Al subir María al trono, Latimer fue arrestado, procesado por herejía y enviado a la hoguera junto con su amigo y compañero, el Obispo Nicolás Ridley. Sus últimas palabras atado a la hoguera, son memorables:
“Tened buen ánimo, Maese Ridley, y actuad como hombre, que este día hemos de encender tal incendio en Inglaterra, que -confío en la Gracia de Dios-, nunca se extinga.”

Nicolás Ridley.

Se agregó a la causa reformada en sus años de estudiante en Cambridge. Fue amigo de Tomás Cranmer –después Arzobispo de Canterbury-, y fue su capellán privado; cargo que después ejercería en la Capilla Real de Enrique VIII.
Bajo Eduardo VI, fue Obispo de Rochester, y parte de la comisión que –trabajando bajo las indicaciones de Cranmer-, creó el primer Libro de Oración Común de la Iglesia de Inglaterra.
Al llegar María al trono, corrió la misma suerte de Latimer, en Oxford, el 16 de octubre de 1555.

Tomás Cranmer.

Enrique VIII se fijó en Cranmer cuando este era presbítero y profesor universitario; eventualmente, el rey promovería a Cranmer para que fuese Arzobispo de Canterbury, debido a su habilidad como teólogo y abogado, pues Cranmer defendió la posición de Enrique en lo concerniente a la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón.
Una vez muerto Enrique VIII, Cranmer le llevaría luto todo el resto de su vida, dejándose crecer la luenga barba con la que aún es representado en grabados, pinturas y esculturas. Al llegar Eduardo VI al trono, Cranmer –que había logrado muy poco de sus deseos de reforma religiosa en vida de Enrique VIII-, se apresuró a traducir y compilar la liturgia para la Iglesia de Inglaterra. Sus contemporáneos –lo mismo amigos que enemigos-, concuerdan en que fue un traductor extraordinariamente dotado. Cranmer apoyó el uso de nuevas formas en el culto cristiano.
Cuando María ascendió al trono, Cranmer quedó en un terrible dilema moral. Por una parte, creía fuertemente en la necesidad de la completa Reforma de la Iglesia; pero al mismo tiempo, creía –con un fervor muy difícil de comprender en nuestros días-, en la obligación que cada cristiano tenía de obedecer al monarca, y que “los poderes que existen, son ordenados por Dios” (Romanos 13).
Mientras su rey ordenara cosas que Cranmer consideraba buenas y moralmente justas, le fue sencillo creer que el rey era un enviado de la providencia para guiar al pueblo por el camino de la verdadera religión: la desobediencia al rey era desobediencia a Dios, y nada más. Pero ahora, María era reina; y le ordenaba volver a la obediencia romanista. Cranmer redactó cinco veces una carta de sumisión al Papa y a las doctrinas católicas romanas; y cuatro veces la desechó; pero al final se sometió.
No obstante, María no deseaba creer que la sumisión de su Arzobispo fuese sincera; lo hizo procesar y fue finalmente quemado en la hoguera, en Oxford el 21 de marzo de 1556. Ya en el cadalso –y enfrentado ante el tribunal de su propia conciencia ética y religiosa-, Cranmer dio público testimonio de su Fe Cristiana, y se acercó a la muerte protestando la Fe Católica reformada.

“He pecado, por cuanto he firmado con mi mano lo que no creía con mi corazón. Cuando las llamas se enciendan, sea esta mano la primera en arder.”

Y cuando el fuego se encendió en torno a sus pies, se acercó valientemente y sostuvo su mano entre las llamas hasta que ésta quedó carbonizada. Más allá de esto, el bendito Arzobispo no habló ni se movió, salvo para levantar la mano que le quedaba, para apartar el sudor de su frente.

Oremos:
Guárdanos, Señor, constantes en la fe y celosos en testimonio, para que –a imitación de tus siervos: Hugo Latimer, Nicolás Ridley, y Tomás Cranmer, vivamos en tu temor, muramos en tu favor, y descansemos en tu paz; por amor de tu Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, quien vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.

U.I.O.G.D.
Para que en todas las cosas sea Dios glorificado.

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